sábado, 29 de mayo de 2010

Artículo publicado en "Suplemento cultural Cuadernos del sur" del diario Córdoba.

Toda clase de amor lenguaje sea
Maria Luz Escuín y su Caminante de música
Juana Castro
Ocho años ha tardado Maria Luz Escuín en dar a la imprenta un nuevo libro, desde su última publicación, Empleo terrenal (Madrid, Devenir, 2001). Anteriormente había publicado Extrasístole (Granada, Zumaya, 1975) y Los versos en peligro (Madrid, Incipit, 1995), además de colaboraciones en diversas antologías temáticas y cronológicas.
Ya en 2003 el profesor y crítico José María Balcells, a propósito del estudio Ilimitada voz. Antología de poetas españolas 1940-2002 (Universidad de Cádiz) había escrito: "María Luz Escuín es una de la voces poéticas más radicalmente originales del último tercio de siglo. Esa originalidad no sólo deriva de su tan enrevesada como insólita perspectiva conceptual e imaginística, sino sobre todo de su vaciarse en el logro de una lengua rara a fuer de tan propia, su característica literaria más genuina es su aparentemente atrabiliario empleo del lenguaje"
En este La caminante de música, la voz solitaria se afianza en su particular escritura, que puede tener conexiones o contactos con otras obras o poetas pero que, finalmente, no deja de ser única en la poesía escrita en español. Porque, partiendo del surrealismo y casi de la escritura automática como pudiera parecer en una primera lectura, cuando ahondamos en ella advertimos que puede estar tan cerca como tan lejos. Si la mayor parte de la poesía surrealista se recrea en la profusión del lenguaje hasta adoptar la forma del versículo, aquí el verso es breve, casi siempre heptasílabo, como también son breves los poemas. Del surrealismo sólo queda la libre asociación de los conceptos y la unión de las palabras, pero aquilatando la expresión hasta adelgazarla.
Lo que hace Maria Luz Escuín es prescindir de los nexos, usar muy poca adjetivación y componer su discurso fundamentalmente con sustantivos y verbos, salpicados de vez en cuando por algún otro elemento, como los adverbios. Lo más llamativo es, sin embargo, el uso continuo del hipérbaton, porque rara vez sujeto y predicado ocupan su lugar esperado. Surrealismo, sí, por las relaciones lingüísticas que parecen escapar de los dictados de la razón, donde los elementos más dispares se revelan unidos por relaciones secretas, asociación mental libre, como proclamaba Breton en El surrealismo y la pintura, en 1928; pero también economía del lenguaje, distorsión de la sintaxis y uso especial de la morfología.
Tal vez la primera fase de la escritura, su armazón, sí se base en la escritura automática, pero, a la vista del resultado, está claro que su autora somete esa primera versión a una insistente poda y a la economía más honda, para resaltar únicamente aquello que debe ser resaltado, suprimiendo todo desparramamiento retórico, el que comúnmente entendemos por surrealismo. Muchas veces las palabras son utilizadas con otro valor morfológico, como en: “el barrizal oboe”, “temblores sístoles”, “perdí celularmente”, “pastora piedra”, “ruido pedacito”, inferior hacha”… Y otras, es la irrupción de vocablos tan inesperados como inusuales, porque en el universo de Escuín no hay leyes de asociación ni existen palabras antipoéticas: “Morir: / esa almita cuchara” (página 40); o “soflama dudar soy” (página 22).
La repetición de primeros versos a lo largo de varias estrofas hace que los poemas adquieran al oído un cierto tono salmódico, pronunciado aún más por la brevedad de los poemas y la cadencia continuada del ritmo, como en “Tu mano” (página 38) o en “Mi padre inerte” (página 34).
Quizá La caminante de música deba su título únicamente al seguimiento de esa música interna, la del pensamiento, que va trazando baladas rítmico-existenciales, porque no de otra cosa trata este poemario sino de la reflexión hacia la mitad de la vida. En la primera parte, “La caminante de música”, los poemas hablan desde el pensamiento y el conocimiento de la muerte, de la escritura, de Dios o del no-Dios; en la segunda, “Poemas a la muerte de mi padre” late la cercanía lírica de la experiencia, y ahí sobresalen unos poemas densos, profundos y muy personales, con versos que dialogan con la figura del padre, al borde de la muerte y en el recuerdo del pasado, pasado que es la vida y también su nacer y su acabamiento; y la tercera, titulada “Mis nombres”, la constituyen composiciones dedicadas a diversas figuras del presente y del pasado, figuras que tienen que ver con diferentes formas de creación, desde Olga Orozco a María Zambrano u otras más cercanas como Pablo García Baena o Dorotea von Elbe. La sección se cierra con sendos poemas dedicados a personas desaparecidas recientemente, por lo cual el círculo iniciado en la primera parte se cierra de nuevo con su misma temática, porque la muerte atraviesa todo el poemario, lo recorre con la intuición y el pensamiento, con los hallazgos y su reflexionar alerta.
Siempre ha declarado Maria Luz Escuín que su personal compromiso es primero con el lenguaje, y se ha mantenido fiel a ese principio, porque es el lenguaje la materia primera y el campo de experimentación de su poesía. Poesía que arrastra a veces a su economía términos aparentemente no poéticos, traídos del mundo científico, de la biología o del argot familiar y de la calle: reservorio, papelucho, enfisema, fotones o isquemia son algunos de estos términos.
Pensamiento, muerte, existencialismo, metapoesía… Toda esa temática se aúna en La caminante de música para acabar siendo a la vez y esencialmente la reflexión vital del lenguaje y de su expresión, como se lee al final del libro: “Del lenguaje venimos”; y “que toda clase de amor lenguaje sea”.
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“La caminante de música”. Autora: Maria Luz Escuín. Edita: Endymión. Madrid, 2009

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